Eres el que no firma sin leer, el que detecta la cláusula tramposa, el que defiende al que quieren ver la cara. Ganas discusiones con puro argumento y ves cómo, al final, decide alguien que sabe menos pero tiene cédula.
Y cuando piensas en estudiar Derecho, te imaginas años de esclavitud en un bufete cobrando migajas — no en tener lo tuyo.