Llevas años con un negocio en la cabeza. Lo piensas en el camión, lo dibujas en servilletas, se lo cuentas a quien te escuche. Sabes que tienes con qué — solo que cada vez que te sientas a arrancarlo, te frenas en la misma pared: no sabes por dónde empezar, te falta capital, y sigues sin un título que te abra puertas.
Mientras tanto, trabajas para que otro cumpla su sueño. Cambias tus horas por un sueldo que se acaba antes de fin de mes, viendo cómo gente con menos talento que tú —pero con un negocio propio— gana en una semana lo que tú en un mes.